Review. Tormented Souls 2
Cuando en 2021 el estudio independiente chileno Dual Effect, liderado por los hermanos Araneda Quijada, lanzó Tormented Souls, sorprendió a todos: un equipo pequeño logró crear un survival horror que rendía homenaje a los clásicos de los años ’90, como Resident Evil y Silent Hill, con cámaras fijas, escenarios claustrofóbicos y mecánicas que evocaban la nostalgia. A pesar de algunas imperfecciones, el juego fue bien recibido por los fans del género gracias a su fidelidad “old school” y a la intensidad de su atmósfera.
La historia retoma los eventos poco después del primer capítulo. Caroline, todavía afectada pero decidida, lleva a su hermana Anna a un retiro religioso remoto con la esperanza de liberarla de una oscura maldición. Sin embargo, la ilusión de tranquilidad se desmorona rápidamente: las religiosas del convento de Wildberger no son lo que parecen, secuestran a Anna y obligan a Caroline a sumergirse nuevamente en el horror, entre cultos, experimentos y rituales prohibidos. La aventura pronto se traslada a Villa Hess, una ciudad decadente y corrupta donde el mal se esconde tras cada puerta. La narrativa mezcla esoterismo y locura con un tono de “B-movie gótica” que añade encanto en lugar de resultar ridículo, abrazando su lado camp y combinando drama y absurdo de manera coherente.
Caroline se muestra más resoluta que antes. Incluso acciones simples, como guardar la partida con un viejo registrador, reflejan su crecimiento: cada paso parece un diálogo consigo misma para mantener la calma. Cartas, diarios y notas esparcidas por el mundo ayudan a recomponer el misterio, y aunque la trama derive en lo grotesco, mantiene un atractivo irresistible. La estructura narrativa es ahora más amplia y ramificada, con una primera sección en el convento que da paso a un mapa interconectado que transmite la sensación de explorar un auténtico pesadilla viviente, donde cada zona cuenta su propia historia mediante ambientes y detalles visuales.
En cuanto al gameplay, Tormented Souls 2 perfecciona lo visto en el primer juego. Conserva la esencia del survival horror clásico: exploración pausada, gestión de recursos, rompecabezas y combates desafiantes. Villa Hess rompe la linealidad del original, ofreciendo áreas distintas pero conectadas, como un hospital abandonado, un centro comercial en ruinas o un cementerio olvidado, cada una con personalidad propia y función narrativa. La gestión de la luz se convierte en un elemento central: el oscuridad es letal y obliga a planear cada movimiento. El encendedor es tan vital como las armas de fuego, aunque la imposibilidad de encender todas las velas o antorchas puede frustrar, pero refuerza la tensión constante que caracteriza al juego.
El inventario ilimitado permite concentrarse en resolver los enigmas, que se mantienen coherentes, lógicos y perfectamente integrados en el entorno. La mecánica del cambio entre dimensiones añade profundidad, con un mundo alterno que interactúa de formas imprevisibles con el principal, generando tensión y desafíos de ingenio que rompen la monotonía. El combate sigue siendo deliberadamente tosco: las armas de fuego son esenciales, las de cuerpo a cuerpo arriesgadas y las municiones escasas, lo que convierte cada enfrentamiento en una decisión táctica constante. Morir forma parte del aprendizaje, pero superar un área complicada ofrece una satisfacción única.
Técnicamente, el juego se comporta de manera sobresaliente en consola, con estabilidad, tiempos de carga rápidos y un frame rate constante. El motor gráfico, aunque no de última generación, se aprovecha al máximo mediante un manejo experto de luces y sombras. La dirección artística es su punto más fuerte: la estética gótica se combina con detalles modernos, cámaras fijas, ángulos estrechos y efectos de sonido diegético que crean una inquietud permanente.