Dying Light: The Beast nos presenta un regreso a Harran con Kyle Crane como protagonista, en una historia que, sin ser un prodigio narrativo, logra mantenernos enganchados hasta el final. Crane inicia atrapado en un centro médico-militar donde es tratado como conejillo de laboratorio debido a su alta compatibilidad con el virus. Tras una intervención externa, logra escapar y descubre que detrás del caos de la ciudad se encuentra el enigmático Barón, un antagonista que domina a los pocos humanos que quedan.

El juego brilla por su brutalidad y su mundo hostil. Las facciones presentes añaden matices a la historia: traiciones, conspiraciones y alianzas estratégicas enriquecen la narrativa, aunque algunas subtramas podrían haberse explorado más. La historia principal es lineal, pero su sencillez ayuda a enfatizar la acción y la supervivencia como eje central. El gameplay combina lo clásico del parkour con nuevas mecánicas de combate y movilidad. Crane se siente más ágil y poderoso que nunca, capaz de recorrer cualquier superficie desde el inicio, y desbloquea habilidades adicionales conforme avanza.

La verticalidad y la libertad de movimiento son el corazón de la experiencia, aunque la exploración queda algo relegada frente a la constante acción y la matanza de hordas de zombies. El ciclo día-noche retorna con fuerza, haciendo de la noche un desafío temible: enemigos más agresivos, visión reducida y un ambiente oscuro y opresivo elevan la tensión. Los humanos también representan un peligro considerable; sus grupos organizados y la capacidad de esquivar ataques generan combates exigentes y, en ocasiones, frustrantes. La incorporación de la transformación en “Bestia” añade emoción a los enfrentamientos, aumentando fuerza, resistencia y agilidad de Crane por un tiempo limitado, aunque su impacto en la progresión global es limitado.
El mundo de juego se mantiene tradicional, con zonas diferenciadas por peligrosidad, actividades principales y secundarias, y secretos escondidos entre hordas de no-muertos. El parkour y la movilidad hacen que moverse por Harran sea siempre entretenido, aunque algunas misiones y jefes se sienten repetitivos. En términos técnicos, Dying Light: The Beast ofrece paisajes espectaculares y un diseño visual impactante, aunque con ciertas texturas de baja resolución y problemas de optimización en PC, incluso en configuraciones altas. La iluminación, reforzada por Ray tracing, resalta los escenarios, pero la saturación de la VRAM puede generar interrupciones.