Con Final Fantasy VII Revelation anunciado, las teorías de lo que veremos en este remake están subiendo como la espuma. No es coincidencia, pues los fans de la franquicia de Square Enix han visto cómo se ha reinterpretado la historia clásica de 1997 en los dos juegos anteriores. Con viajes inter-dimensionales, un Cloud al punto del colapso mental y el destino de la Tierra en juego, el material de origen tiene lo necesario para cerrar la trilogía por lo alto.
No cabe duda que la séptima entrega de Final Fantasy es una de las más ambiciosas de todos los tiempos. Hay mucho que contar en la tercera parte del remake, si nos atenemos únicamente al juego de PS1. Para comenzar, Cloud tiene que afrontar el reto final para destaparse como el héroe del mundo (y ahora, todo el multiverso). Esta parte del original es sumamente oscura, con el tormento mental de Sephiroth hacia Cloud como una de las tramas principales.
Luego de la pelea contra Sephiroth, el grupo se dirige al Cráter del Norte en busca de detener las fuerzas del mal. Sin embargo, el protagonista se encuentra con rastros del control mental de Sephiroth, lo que lo hace dudar entre la realidad y los recuerdos implantados por el villano. Esto le genera una crisis de identidad enorme, que terminó por quebrarlo en el Cráter. Ahí se encontraba resguardado el cuerpo original de Sephiroth, y justo cuando Cloud cae en sus engaños y le entrega la Materia Negra, el caos se desata.
La colisión del meteorito parece inevitable, pero las fuerzas del mundo activan las Armas: poderosos artefactos de destrucción masiva que buscan contrarrestar la amenaza. Entre terremotos y violencia, un Cloud rendido y sin conciencia de sí mismo desaparece. El tramo final de la historia tiene tres ejes: la relación de Tifa y Cloud, la salud mental del protagonista y el conflicto del mundo contra Sephiroth. Todos ellos pueden ser perfectamente replicados en Revelation, aunque también hay que considerar los añadidos del remake.